viernes, 14 de marzo de 2008

Mi problema con el arroz [1ra parte]

Toda chica de 16 años ha, por lo menos, hervido el agua. O ha trapeado el piso o ha dado de comer al perro, etc, etc. Crecemos con el hábito de ayudar desde pequeñas en los quehaceres de la casa. Antes solo tendías tu cama o ponías la mesa al llegar del colegio. Pero ahora, que ya creciste, vas a dejar tu trapeador por otra nutritiva y deliciosa [o no tanto] responsabilidad: cocinar.

Mi experiencia en la cocina, cuando recibí el llamado de las zanahorias y el pollo, se limitaba a cernir la harina cuando mi mamá hacia pasteles, y de eso ya habían pasado más de cinco años, pues en esos tiempos habían muchas tardes libres, en que mirar la calle resultaba aburrido. Pero nació Daniel y cambiamos las tortas heladas, de chocolate y piononos, por pañales, talco y juguetes.



Arroz amor

Fue en una agradable mañana de verano cuando se me inició en esto de las ollas y sartenes. Gracias a Dios, que nos dio la inteligencia para crear la olla arrocera, la sartén de teflón y el microondas, aprender a freír un huevo ya no es tan difícil como antes. Lo rompes bonito y ya, olvídate de que te salte el aceite. Al ver mi madre que no era tan mala, me ascendieron a ensaladas, y luego a hacer tortillas, panqueques y otras frituritas monces en la sartén. A mí me encantaba experimentar con, según yo, nuevos sabores: tortilla de algarrobina, con café, con miel, etc; que nunca terminaban de freírse, y que debía de comérmelas yo sola a escondidas. Hasta que mi mamá se dio cuenta [por que quemé la sartén], y me dijo:

"Aprenderas a hacer arroz"

Con una olla arrocera nueva, sinceramente, cocinar esos granitos blancos es facil. Aprendí rápido, pero eso sí, hasta ahora no he perdido el miedo a destapar la olla.



 

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